La niña que quería ser un camaleón

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“¿De qué color eres?”, Preguntó Cami cuando los dos estaban afuera tumbados en el césped mirando el cielo.

El sol brillaba, llenando sus ojos de luz.

“No lo sé, Cami. No sé de qué color soy, es difícil elegir uno. Pero me di cuenta que las personas tienen colores favoritos, y cuando te demuestras en el color que les gusta están felices.

Quiero ser como tú, capaz de cambiar y adaptar mi color a la naturaleza, a los animales y a las personas. Quiero hacer felices a los demás. ¿Puedo ser como tú?”

“Puedes probarlo. Ya verás si es lo que quieres.

Puedo enseñarte la habilidad de cambiar los colores. Puedo enseñarte todos los tonos. Te convertirás en la maestra de la adaptación, y agradarás a otros”. Dijo Cami.

“¡Oh, sí, por favor! Enséñame esta habilidad. Quiero hacer feliz al mundo”.

Así es como comenzó.

Cami, el pequeño camaleón y el mejor amigo de la niña le enseñó la poderosa maestría de la adaptación. Él le enseñó a identificar el color que la gente quería ver y convertirse en ese color. Cuando un profesor quería ver a la niña azul, ella se ponía azul. Cuando su padre quería que fuera roja, ella demostró su color rojo. Pero no cualquier rojo, Cami le enseñó cómo convertirse en el rojo exacto que su padre quería que fuera.

Entrenaron todos los días durante horas, y la niña mejoró cada día más. Era consciente de todas las personas que la rodeaban, aprendió a identificar sus tonos favoritos y muy contenta las complació. Cuanto mejor era su dominio de la adaptación, más sonrisas recibía, más amables eran las palabras que recibía. La niña estaba feliz, porque parecía que su juego de los colores les hacía felices a las personas.

Cami la hizo practicar todos los días. Pero a la niña le empezó a costar más, ya que algunos colores eran demasiado difíciles para ella.

“Cami, mi mejor amigo, estoy cansada. No sé cómo transformarme en rojo escarlata. Simplemente no es mi color favorito. Tomemos un descanso, no quiero practicar más hoy”.

“Mi dulce niña, tienes que practicar. No tienes elección, tienes que volverte escarlata. Si la gente quiere que seas escarlata y los hace felices, entonces tienes que ser escarlata, ¿verdad?”

Cami era una profesor duro. Quería que la niña se convirtiera en maestra de adaptación. Pero la razón por la que quería que ella practicara era porque sabía que algún día se cansaría, se cansaría de adaptarse. Ese fue el objetivo real de su entrenamiento. La niña no lo sabía.

Un día Cami y la niña estaban nuevamente tumbados en el césped tomando el sol, cuando la niña comenzó a llorar.

“Cami, me he cansado. Estoy haciendo todo lo posible, pero nunca es suficiente. Ayer convertí mi color en verde porque mi profesor quería que lo fuera. Pero luego dijo que no era lo suficientemente verde, así que estaba enfadado conmigo.

Cuando volví a casa todavía llevaba el verde, y mi mamá se enfadó conmigo. Sé que a ella le gusta el morado, y no me di cuenta de que me olvidé cambiar el color. ¡Que desastre! Así que me puse rápidamente morada, pero ya no la podía hacer feliz. No agradé a mi profesor y no la hice feliz a mamá. Estoy haciendo todo lo posible, pero nunca parece ser suficiente. Estoy muy triste.

¿Qué puedo hacer, Cami? Por favor, ayúdame, quiero ser feliz y hacer felices a los demás”.

Es cuando el camaleón sabía que la niña estaba lista.

“Quiero que aprendas de otros ahora. Ve y habla con el Agua, el Aire, la Tierra y el Fuego. Pregúntales de qué color son, y cuando aprendas de ellos, vuelve a mí”. Cami se quedó en la hierba, a punto de tomar una siesta.

La niña se secó las lagrimas, le dio un abrazo a Cami y se fue.

Cuando llegó al Agua, preguntó: “Agua, ¿de qué color eres?”

Y Agua respondió: “Mi querida niña, no tengo color. El color que ves es el que quieres ver, el que quieres que sea. No tengo color, soy Agua”.

La niña recibió la misma respuesta de Aire y de la Tierra, y así fue a hablar con el último, el Fuego.

“Precioso Fuego ¿de qué color eres?”

“Mi querida niña, no tengo color. El color que ves es el que quieres ver, el que quieres que sea. No tengo color, soy Fuego”.

La chica se frustró. No entendía por qué todos fingían no tener color. Ella podía ver claramente que el Fuego era rojo, naranja, amarillo y blanco.

“¡No te creo!” Gritó.

“¡Tienes colores claros, puedo verlos y todos los demás también pueden verlos!”

El Fuego sonrió y respondió con una voz cálida: “Ve a ver a mi padre, el Sol. Pregunta al Sol, si no me crees”.

La niña estaba decidida a saber la verdad. Sabía que el Sol le daría la respuesta correcta. Lo estaba mirando todos los días cuando ella y Cami estaban tumbados afuera en la hierba. Ella amaba el sol y lo admiraba.

Miró hacia el cielo y sintió la cálida caricia tan familiar en su rostro. El Sol, sin esperar a que la niña preguntara, dijo:

“Mi pequeña niña, te he estado observando toda tu vida. Vi cómo el camaleón te enseñó la habilidad de la adaptación. Es muy buen profesor, pero debes saber que vive con miedo. La razón por la que está cambiando su color y adaptándose a la naturaleza, los animales y las personas es porque es su forma de sobrevivir. Es un camuflaje, una forma de esconderse. Él no lo hace para agradar, lo hace por el miedo a morir.

Pero tú, niña, no eres un camaleón. No necesitas camuflarte y esconderte para sobrevivir. No tienes que adaptarte para vivir. Al contrario, debes dejar de adaptarte, dejar de cambiar los colores para poder vivir de verdad”.

La niña no estaba segura de haber entendido las palabras del Sol, pero se tranquilizó.

“Sol, ¿puedes decirme de qué color eres?”

“No tengo color. El color que ves es el que quieres ver, el que quieres que sea. No tengo color, soy Luz.

Cada color es solo un reflejo de lo mismo, un reflejo de la luz. Según la manera en que cae la luz, tus ojos identifican un cierto color. El color depende del ojo del observador, ¿ves? No eres un color, dulce niña, y al mismo tiempo eres el espectro infinito de todos los colores. Tú eres Luz, así que brilla como la luz, y ya no necesitarás ser de ningún color.

Nunca puedes hacer felices a las personas adaptándote a lo que quieren ver.

Puedes ser tú misma, y un día otras personas se inspirarán de ti y se atreverán a ser también ellos mismos”.

La niña y el camaleón estaban afuera tumbados en el césped mirando el cielo.

El sol brillaba, llenando sus ojos de luz.

Ella cogió suavemente al camaleón en sus brazos y le susurró con una voz suave: “No tengas miedo, Cami, te protegeré. Ya no tienes que adaptarte a nadie. Quiero que descanses. Te protegeré para siempre. Puedes ser tú mismo”.

El camaleón sintió sus cálidos brazos y la miró a los ojos.

“¿De qué color eres ahora?”, Preguntó.

“No tengo color. El color que ves es el que quieres ver, el que quieres que sea. No tengo color, soy yo.

Soy Luz”.

Los dos estaban afuera tumbados en el césped mirando el cielo.

El sol brillaba, llenando sus ojos de Luz.